lunes, 2 de enero de 2017

¿Por qué el gobierno mexicano nacionalizó la banca en 1982? El clímax del estatismo en México



En el moderno sistema capitalista, las instituciones financieras son un elemento clave, el engranaje que en tiempos de bonanza acelera su movimiento y en épocas de caos amenaza con destruirlo. Los bancos administran el capital ajeno, lo prestan a quien está en capacidad de devolverlo (o no) y logran la milagrosa multiplicación de los panes. El sistema bancario es un pilar de la ideología política y económica del liberalismo: asociaciones anónimas que proveen de recursos a los individuos y administran el combustible que alimenta la gran maquinaria de la acumulación de capital.

La concepción liberal del estado sostiene que los bancos, como los sectores productivos, operan mejor si se les deja hacer, si son poseídos por individuos asociados libremente, si operan de acuerdo con los principios de competencia perfecta en un entorno de mercado en el que los contratos se respetan y la propiedad privada es inviolable.

Por otro lado, la acción del Estado ha buscado limitar y encauzar la actividad bancaria, fomentarla lo suficiente para que contribuya al progreso económico pero limitando los obvios excesos en que caen los hombres de carne y hueso cuando poseen o administran recursos. El Estado ha sido usuario de los sistemas bancarios: solicita créditos de la banca para financiar las obras públicas, y le suministra con divisas, sobre todo en períodos de crisis. La tarea del Estado, según el liberalismo, es cuidar que se respeten los acuerdos y que la propiedad sea sagrada, esto aplica al sistema bancario cuando la legislación es favorable a la actividad del capital pero previene los actos violatorios y fraudulentos, y sobre todo garantiza la propiedad de los bancos.

En 1982 el Estado desarrollista mexicano cae en su peor crisis, cuando la baja en los precios del petróleo, el alza en las tasas de interés, la fuga de capitales y la confrontación entre el sector privado y el público se conjugan y obligan al gobierno a tomar medidas contundentes para intentar remediar la crisis. El primer día de Septiembre en su último informe presidencial, José López Portillo decreta la nacionalización de los bancos privados del país para poner en marcha un control de cambios que buscaba detener los efectos de la devaluación del peso. Acusa a los banqueros de traicionar a la patria, de saquear a México, por su actuación durante la fuga de divisas de ese año. Es una obvia transgresión del principio de propiedad, por el actor que según la ideología liberal, debería garantizarla: el Estado. Los banqueros se dicen robados, despojados por un acto incuestionablemente inconstitucional, pero es inútil: el Presidente era todopoderoso y podía legalizar a posteriori sus actos.

La lógica detrás de la Nacionalización de la Banca era financiera a la vez que política. López Portillo intentó responsabilizar del caos económico a los banqueros nacionales a la vez que al transferir los bancos al sector público garantizaba la posesión de recursos con los que financiar el funcionamiento del gobierno tras la crisis. Sin embargo los efectos de 1982 en todos los sectores de la sociedad fueron gravísimos y JLP pasó a la historia como irresponsable apostador, macho mexicano y poco menos que un perro. Su acto final de gobierno le representó un inmenso costo político que no pudo pagar.


"1982, la decisión del presidente", documental sobre la nacionalización de la banca realizado por los banqueros expropiados

Seis años después, las consecuencias de romper el pacto social entre gobierno, capital y trabajo cristalizan en una oposición temible por ambos lados del espectro político que amenaza con derrotar en las elecciones al Partido oficial: el candidato nacionalista que lleva tras de sí las fuerzas populares, heredero de un nombre y una ideología histórica, Cuauhtémoc Cárdenas; por el otro lado el candidato de las clases medias y altas que se sintieron defraudadas con el golpe del 1 de Septiembre, el empresario Manuel Clouthier. En medio de ellos, empequeñecido, el tecnócrata y neoliberal Secretario de Programación y artífice de recortes al presupuesto, Carlos Salinas de Gortari. El desenlace era previsible, el seis de julio se perpetró un fraude monumental que no convenció a nadie, el cual pondría en una dificilísima posición al mandatario entrante. Sin embargo sus acciones posteriores, como todo su sexenio, evidenciarían el maquiavelismo y la astucia política de Salinas, que por la puerta de atrás entraría a la historia mexicana para ser uno de sus actores más determinantes.

Sabiendo que la nueva izquierda aglutinada no pactaría, se aproximó a la derecha. En reuniones secretas con la cúpula panista, Salinas se comprometió a deshacer la epopeya lopezportillista, y reprivatizar la banca para convencerlos de legitimar su “triunfo” electoral. Con la reticencia inicial de Clouthier, los convenció.

Sin embargo, Salinas también tenía que responder al ala más tradicional y nacionalista del Partido oficial (los cariñosamente denominados dinosaurios) que, alebrestados por la defección de Cárdenas y miles de simpatizantes, no aceptarían ver revertida la nacionalización. El compromiso alcanzado fue el siguiente: los bancos volverían a ser privados, pero no de sus viejos dueños. Esta decisión, que buscaba crear una nueva burguesía financiera afín a Salinas, se demostraría fatal en 1994.

De acuerdo con el monumental estudio La privatización bancaria en México de Francisco Ibarra Palafox, la devolución de los bancos al sector privado obedeció a evidentes necesidades políticas de un candidato ilegítimo que buscaba echar a andar su proyecto de estado. Según Ibarra, este proceso estuvo muy alejado de lo que debió ser de acuerdo al ideal liberal: las intromisiones del Estado y la discrecionalidad con que se realizó determinaron que la privatización fuera apresurada, desaseada y peligrosa para el futuro desarrollo de la economía nacional.

La privatización, de acuerdo con Ibarra, adoleció de graves vicios y de inconstitucionalidad inherente, para demostrarlo hace uso de un impresionante aparato de interpretación jurídica y de su conocimiento del proceso al haberse desempeñado como asesor bancario. Cada desincorporación bancaria es estudiada y el estado de cada banco, antes y después del proceso, confirma las hipótesis del autor. Los bancos nacionalizados se debieron entregar a sus nuevos dueños en un período brevísimo (menos de dos años) lo que contribuyó a la opacidad y a un tremendo sobreprecio, nunca visto en ningún proceso de privatización bancaria en el mundo.

Los nuevos banqueros en muchos de los casos carecían de experiencia en instituciones financieras, y eran además sujetos de escasa calidad moral (como lo demostraron los casos Cabal Peniche y Lankenau), pero además, la desregulación implementada por el gobierno salinista contribuyó a dar cancha libre a sus acciones, y el sistema bancario mexicano se comportó desde entonces como nuevo rico, prestando y prestándose más allá de sus posibilidades y jugando a la economía casino con fichas que, como se demostraría después, acabaría pagando el pueblo de México, primero con la gravísima crisis de diciembre de 1994, y con el posterior rescate bancario implementado por la administración Zedillo y legalizado por Vicente Fox.


La privatización bancaria en México, editorial Siglo XXI



El valor historiográfico de este trabajo, que es de por sí importante en los aspectos jurídicos, políticos y económicos, yace en que señala la intersección de factores, procesos y acciones que determinan los acontecimientos históricos, desde la expropiación de 1982 hasta la crisis decembrina de 1994 a través del proceso de privatización bancaria. El extenso trabajo de Ibarra y su equipo permiten adentrarnos en la historia reciente de México, tan determinante para nuestro momento actual, pero también hace ver que la implementación de mercados en todos los aspectos de la economía, y el retiro del Estado de los ámbitos de regulación, muy lejos de llevar a un funcionamiento ideal de modelos conducen, en la vida real, a complicidades y corruptelas que tienen un duradero y gravísimo impacto en toda la sociedad.

PARA SABER MÁS

Anaya, M. (2008). 1988: el año que calló el sistema. Editorial Debate. Un libro casi inconseguible que documenta el arreglo entre la cúpula panista y el equipo de Salinas.

Cárdenas, E. (1994). La política económica en México 1950-1994. Fondo de Cultura Económica. Un libro fundamental para entender la economía de los gobiernos priístas, por uno de los más destacados historiadores económicos de la actualidad.

López Portillo, J.(1988) Mis tiempos: biografía y testimonio político. Fernández Editores. Las voluminosas memorias políticas de López Portillo, donde justifica sus acciones.

Tello, C. & Cordera, R. (1981). México, la disputa por la nación: perspectivas y opciones del desarrollo. Donde se explica la división en el seno del partido oficial entre nacionalistas y tecnócratas que llevó en 1987 a la escisión que resultaría en el PRD.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La maldita Historia Oficial, los villanos que nos dieron patria, y los desmitificadores de la Historia Mexicana




Pregunta a cualquier persona que conozcas o no, de la edad, clase social y género o subgénero que desees, si la Historia les resulta interesante y seguro más de la mitad te dirá que sí les parece. A los demás diles que existe historia casi de todo, ya que la historia se ocupa de infinidad de temas además de los eventos políticos: diles que existe historia de la moda, historia de la música, historia de la ciencia, de las religiones. Más de uno te dirá que gustan de ver un filme, de leer una novela, de observar un documental, de corte histórico, y te sorprenderá saber que cualquier transeúnte sabe bastante más de Historia de lo que puedes suponer.

Entonces, ¿por qué a los estudiantes no les agrada la historia? En gran parte tiene que ver con el enfoque en los eventos políticos y los conflictos bélicos (pues la guerra ha sido definida como la prolongación de la política por otros medios) que fue constante en la historiografía durante gran parte del siglo XIX. Cuando un historiador quería investigar los hechos pasados, recurría a los documentos oficiales, y ya se sabe que estos se ocupan ante todo de guerras, tomas de poder, cuartelazos, golpes de estado y todo cuanto hacen los hombres del gran poder; la gente normal, los ciudadanos de a pie sólo aparecen en esa Gran Historia como masa peligrosa, a veces inerte y de pronto inflamable e incontenible. Pero también, y relacionado íntimamente con esta visión limitada del devenir histórico, es culpable la visión de la Historia que durante décadas impartió el sistema educativo mexicano. Es decir, la odiada Historia Oficial.

¿Qué entendemos por Historia Oficial? Una sucesión de hechos heroicos o viles, de personajes determinantes, voluntades encarnadas en individuos que determinaron el curso de la historia, personajes que podían ser divididos en héroes, los que lucharon por la patria, y villanos, aquellos que conspiraron contra México, incluso antes de que existiera algo remotamente parecido a México. Es una narración, lineal y teleológica, que describe cómo el Pueblo Mexicano se desarrolló desde los albores del tiempo hasta nuestros días, a través de las intervenciones extranjeras y las guerras civiles hacia un hipotético estado democrático donde el pueblo es/será el soberano.

Consideremos, para ejemplificar la parcialidad de la Historia Oficial, el tratamiento que hace de dos figuras claves del tardío siglo XIX. Dos presidentes de la república, ambos oaxaqueños y liberales, ambos figuras decisivas en la guerra de Intervención, ambos mandatarios que tendieron al final de su mandato al poder absoluto, los cuales persistieron en el ejercicio de sus funciones por largo tiempo (uno, de 1858 a su muerte en 1872, el otro desde su ascenso al poder mediante un alzamiento en 1877, hasta su renuncia en 1911) torciendo o al menos estirando la Ley Suprema de la Nación. Y sin embargo, según la tradición oficial, uno es Benemérito y Restaurador de la República, el otro es un héroe militar devenido villano por su aferramiento al poder y la restricción del juego político que obligó a todo posible opositor a tomar la vía de las armas.

¿Por qué en la Historia Oficial es Díaz un tirano y Juárez el Segundo Padre de la Patria? No olvidemos que en el origen el Partido Oficial se consideraba revolucionario, dicho partido era la etapa final de la lucha ya sin armas, era la institucionalización de la lucha popular que derribó el régimen oligárquico de Porfirio Díaz Mori, por lo que no podía ser éste un Héroe de la Patria. Pero entonces, ¿por qué Juárez sí lo es? La ideología liberal de Juárez, pro capitalista, anti corporativa, es lo contrario de la ideología revolucionaria temprana, que basa su estructura partidista en los actores colectivos como centrales obreras, ejidos colectivos, y que, al menos durante el cardenismo, parece ir en contra de la privatización de las tierras de los pueblos, en contravención a la Reforma de 1857, la cual no obstante tiene un alto sitio en la Historia Oficial. ¿Por qué Juárez está en el panteón de la Historia Oficial, y Díaz no?

Admitiendo entonces, que la Historia Oficial tiende a ser maniquea, polarizadora, mitificadora (pues crea incluso héroes que, siendo estrictos, posiblemente no existieron con el nombre y rostro que conocemos) y nacionalista, debemos reconocer que, con fallas y manipulación de los hechos, da un lugar, aunque subordinado, a los actores populares, siempre impulsando los cambios guiados por los héroes y los gobiernos revolucionarios. Tomando en cuenta sus fallos y partidismos, podemos hacer una crítica de la Historia Oficial que aquilate sus aciertos sin olvidar sus errores. Una verdadera historiografía científica podría entonces desmitificar a la Historia Nacional. Sin embargo, las nuevas tendencias en la divulgación de la historia, que dicen buscar este fin, fracasan en sus objetivos sin siquiera intentar un ejercicio histórico serio.

Contra la Historia Oficial y sus yerros, se alzan, durante el interregno panista (2000-2012), dos interpretaciones disidentes. La primera, que ya existía, es la visión conservadora de la historia nacional, la cual ha existido desde siempre, sobre todo en la educación privada. En ella, Hidalgo no es el padre de la Patria, pues es un asesino y vándalo, Agustín de Iturbide es el único libertador efectivo. Juárez no es más que un instrumento de los yanquis que frustró la posibilidad de un poderoso Imperio Mexicano, apoyado por las potencias europeas y gobernado por un Habsburgo de muy buenas intenciones. Según ellos, Porfirio Díaz trajo la modernidad a México por su sola férrea voluntad, pero la rebelión de la chusma destruyó su obra civilizadora y puso en el poder al nefasto Partido de la Revolución. Como podemos ver, aquí los villanos devienen héroes y viceversa, es como si la Historia Oficial fuese la fotografía y la Historia Conservadora el negativo de ésta.

Podemos entender entonces cómo el público general, y muchos estudiantes, que pueden estar o no inconformes con el gobierno, ven a la Historia Oficial como una legitimación de un sistema político ineficiente y corrupto. Si durante toda su infancia escucharon maravillas de Hidalgo, Juárez, Madero o Cárdenas, es natural que una alternativa a la narrativa tradicional, sobre todo si es diametralmente opuesta a ella, sea muy atractiva. Más aún si se oferta con títulos tentadores como “todos los mitos de la Historia de México” o “lo que no quieren que sepas de la Historia”, o aún más: “La Verdad sobre la Historia de México”.

Si bien podemos reconocer que una revalorización de los personajes históricos, incluso de aquellos execrados por la Historia Oficial, es un ejercicio histórico muy sano, vemos que la Historia Conservadora se extralimita y comete los mismos pecados que la Historia Oficial, pero a la inversa. La Historia Conservadora, aunque parece suscitar el debate y la reinterpretación del pasado, no es útil para el verdadero entendimiento del devenir histórico del pueblo mexicano, por su parcialidad y su escaso rigor en el método. Los divulgadores desmitificadores de la ola conservadora (como el periodista Catón o los ínfimos sitios de historia en redes sociales, como Mitófago) son todo anécdotas y ninguna prueba, todo polémica y ningún debate, mucha historieta pero nada de Historia.

La segunda corriente desmitificadora de la Historia Nacional, de la que me ocuparé en una posterior entrada, es la de los novelistas y los comentaristas de la televisión que dicen haber hallado el hilo negro, y que gracias a su popularidad en los medios de comunicación publican grandes cantidades de libros que conviven en igualdad en los estantes de la librería junto a los Hobsbawm, los Meyer, los Womack; dichas publicaciones son un éxito en las ferias del libro, al aprovechar el interés de los lectores, aquellos de los que hablaba al comienzo de este texto, por la Historia Nacional.

domingo, 14 de agosto de 2016

Libros que rescataría del fuego: José Agustín (Parte 1)


Leí mi primer libro de José Agustín a los dieciséis años, el mismo verano ocioso en que descubrí a Borges, Cortázar, Vargas Llosa y Del Paso. A diferencia de la mayoría de sus lectores, no llegué a él a través de La tumba, texto casi canónico para los adolescentes mexicanos, sino por Ciudades desiertas. Pocos libros han logrado hacerme reír a carcajadas y desvelarme hasta terminarlos como éste. José Agustín es capaz de sacar la risa de las entrañas de cualquiera gracias a la naturalidad de los diálogos y a la creíble inverosimilitud de las acciones de sus personajes pero además por el denso contenido emocional de la trama. Por ello, Ciudades desiertas sería uno de los libros que rescataría del fuego.



La trama gira en torno a una joven pareja mexicana, el actor Eligio y Susana, poetisa. A Susana la invita Gustavo Sainz a participar en un programa de escritores internacionales en Estados Unidos, a lo que ella acepta de inmediato. Cuando llega a casa, esperando avisarle a Eligio, éste no se encuentra por lo que brota en ella el instinto de irse sin avisarle. Susana llega a Arcadia, el pueblo estadounidense en medio de la nada donde se desarrolla el programa, y se dedica a olvidar todo lo que le recuerde a México, incluyendo a su marido.

El primer capítulo de Ciudades desiertas, narrado por el autor.


Eligio llega a Arcadia algún tiempo después, tras mover mar y tierra para saber del paradero de Susana, y para susto de ésta se aparece en una reunión de los organizadores del Programa. Una vez a solas discuten a gritos y Eligio opta por quedarse allí, participando en las actividades y entablando amistad con otros participantes latinoamericanos: Herculano, brillante homosexual colombiano, Ramón, argentino onanista y el peruano Edmundo, quien simpatiza con Eligio por la común discriminación a la que ambos han sido sujetos por su aspecto indiano.

A lo largo de la novela los temas de la infidelidad y el amor se entrelazan y proveen a la trama del principal conflicto: Susana ha copulado varias veces con uno de los escritores, el cual ronda sombrío amenazando con desbaratar los esfuerzos de Eligio por reconstruir el matrimonio. Tras el clímax de la novela, en que se enfrentan los opuestos dialécticos (Eligio, actor indio locuaz y Slawomir, albino superdotado y silente) Eligio emprende un road trip alucinante hacia el sur, cada vez más cerca de México y más lejos de Susana, acompañado por una jovencita rubia que lo venera.

¿Qué hace que Ciudades Desiertas destaque de entre la bibliografía de José Agustín? Para empezar, fue escrita en una etapa bastante más madura que las primeras novelas, las de la Onda, a la par que Cerca del fuego, novela hermana de ésta pero bastante más oscura y compleja. Ya no es el autor un joven rocanrolero que desprecia a la momiza, Agustín está aquí muy lejos de la pedantería de La tumba, pero aún está dispuesto a experimentar, y sus juegos de palabras y recursos narrativos no son todavía un chiste viejo. Por el contrario, aún leído a la distancia, sus temas y personajes son capaces de estimular a cualquier lector. Como ya he mencionado, los diálogos son muy fluidos y naturales, al grado de hacer pensar a uno que han sido dichos en realidad.

Ciudades desiertas ha sido llevada al cine en una adaptación de Roberto Sneider titulada Me estás matando Susana, que gracias a su éxito en el Festival de Cine de Guadalajara será estrenada en salas comerciales el 19 de agosto. Interpreta a Eligio Gael García Bernal, con una buena actuación. Por desgracia (para mí), el director adaptó la trama a los tiempos actuales y bajó el tono de la crítica que Eligio hace de la sociedad estadounidense, además de que el personaje de Susana es bastante más frío y rígido que la que encontramos en el libro. Es en general una película entretenida con buenos momentos que, sin embargo, no hace justicia a la obra de José Agustín.


Trailer de la película "Me estás matando Susana" (2016), dirigida por Roberto Sneider.

Notas:
Gustavo Sainz, quien invita a Susana al Programa, es un escritor mexicano contemporáneo de Agustín, también catalogado dentro de la llamada corriente de la Onda. Su novela más conocida es Gazapo.

El Programa de escritores de la Universidad de Arcadia al que asiste Susana y en el que Eligio se infiltra, se inspira en el International Writing Program de la Universidad de Iowa, al cual han asistido numerosos escritores de todo el mundo, incluidos José Agustín y Jorge Ibargüengoitia, éste último escribió sobre su experiencia en el artículo Recuerdos de Iowa.